¡Nosotros, los aeronautas del espíritu! – Todas esas audaces aves que vuelan hacia la lejanía más lejana, sin duda, no podrán continuar en algún momento y tendrán que descansar en un mástil o en una roca desnuda agradecidos por ese pobre refugio. Pero ¿quién puede deducir de esto que ante ellas no sigue abriéndose un inmenso campo libre, ellas que han volado tan lejos como es posible? Todos nuestros grandes maestros y precursores se detuvieron por fin, y el gesto con el que el cansancio te detiene no es el más noble y agraciado: ¡a mí y a ti nos sucederá lo mismo! ¡Pero qué nos importa a mí y a ti! ¡Otras aves seguirán volando! Esta evidencia y esta fe nuestras vuelan con ellas, rivalizando en avanzar y ascender, se alzan sobre nuestra cabeza y su impotencia a la altura, y desde allí contemplan la lejanía, vislumbran bandadas de aves mucho más poderosas que nosotros y que seguramente volarán hacia donde nosotros quisimos volar y donde todo aún es mar, mar, mar. ¿Y adonde queremos ir? ¿Queremos cruzar el mar? ¿Hacia dónde nos arrastra este deseo poderoso que nos importa más que cualquier placer? ¿Por qué precisamente en esa dirección, en la que hasta ahora se han puesto todos los soles de la humanidad? ¿Dirán de nosotros un día que navegando hacia el oeste también esperábamos alcanzar unas Indias pero que nuestro destino fue estrellarnos en la eternidad? ¿O no, mis hermanos? ¿O no?
Friedrich Nietzsche
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